
Capote es un niño de dientes amarillos,
de neuronas repartidas en todo su diminuto cráneo,
le gusta comer panditas, los verdes son sus favoritos, imagina que come alienígenas del espacio exterior que han sido encapsulados en gelatina.
Los niños de la calle no quieren jugar con él.
Dicen es demasiado extraño, tan extraño que siempre usa sombrero para dormir, por si llegasen a quererse escapar algunas de sus grandes ideas nocturnas.
Tiene apenas ocho años y ya conoce bien la diferencia entre aritmética, trigonometría y algebra. No le gustan las matemáticas, pero dice que nunca está demás conocer lo cuadrado que puede llegar a ser el mundo.
'Capote dientes de elote' le gritan en tono de burla los niños en la escuela, pues su dentadura está un tanto desacomodada, desalineada, arrebuscada.
En las tardes de verano le gusta ponerse a dibujar tirado sobre el pasto de su casa. Algunas veces pinta otros niños que como él son especiales, diferentes; niños que tienen dentadura de maíz, y que curiosamente jamás dejan de sonreír.
Con los días y las largas lecturas de historia en la escuela, Capote se ha animado a poner letras en papel por el mero gusto de hacerlo.
Una noche mientras sollozaba por la soledad que lo acogía en la inmensidad de su recamara, escribía y escribía, pareciera lo poseía un demonio; si los otros niños lo hubiesen visto quizá hasta habrían huido.
Después de eso Capoté entendió que era la cosa más divertida que jamás había hecho. Desde entonces Capote cuenta cuentos, hace amigos e inesperadamente no está solo; conoció a Sofy, una niña nueva de la escuela.
Tiene el color de las cerezas su cabellera,
Capote divaga cada día al verle aparecer,
los rayos de sol la hacen ver tan perfecta para Capote,
que indudablemente siente se le saldrá el corazón.
Capote está enamorado, Capote ya no se siente abandonado.
